Un ejemplo de lo anterior son las Cárceles
imaginarias (Carceri d’Invenzione) de
Giovanni-Battista Piranesi (1720-1778). Basta ver el folleto
informativo editado por Caixaforum Madrid con motivo de la
exposición Las artes de Piranesi —que tuvo lugar del 24
de abril al 9 de septiembre de 2012— para entender la
correspondencia de ideas. La portada recoge la obra paradigma del
autor, aun cuando esa obra original no está expuesta y en
sustitución se ha recurrido a un vídeo en 3D de las Carceri
d’Invenzione encargado a la empresa Factum Arte. Esta creencia está
tan asimilada que no hay razón para preguntarse por qué se
identifica la personalidad creadora de Piranesi, su conciencia o
espíritu general, con esa ideología en imágenes particular, cuando
la ideología política de una obra no tiene por qué ser la misma
que la conciencia política personal de un artista ni tampoco, como
es evidente, la misma para todas sus obras. Atributos como libertad,
pasión, fuerza imaginativa o innovación son muletillas que se
utilizan en las críticas de arte y en las reseñas periodísticas
para definir y conocer inmediatamente la esencia de Piranesi y
entender la ideología en imágenes de todas sus obras. Bajo este
precepto, y siguiendo la tesis de Hadjinicolaou, estaríamos
obligados a clasificar otras obras suyas, cuyas ideologías en
imágenes son diferentes, cualitativamente como “menores”, pero
lo cierto es que esa discriminación no se hace porque lo habitual es
que toda la producción se analice a partir de las cualidades de la
obra “mayor” o maestra (Carceri d’Invenzione) con el
fin de explicar el estilo del artista. Si tal y como afirma el
historiador la obra no está creada con una intención (subjetiva u
objetiva) sino producida a partir de unas condiciones determinadas,
lo interesante sería interpretar esas condiciones, en lugar de
averiguar cuál es la personalidad que Piranesi transfiere a obras
que tienen códigos lingüísticos diferentes. (+)
Las Grietas del Arte
Espacio de crítica cultural. Artículos, entrevistas y colaboraciones sobre arte
lunes, 15 de octubre de 2012
Las Cárceles imaginarias de Giovanni Battista Piranesi
martes, 28 de junio de 2011
El tono suspendido
Publicado en www.enfocarte.com
En un contexto
cultural tan institucionalizado como el actual que explícitamente demanda y
premia la creatividad artística en su vertiente más tecnológica y sintética, y
se las ingenia para conciliar la libertad individual con el pragmatismo
mercantilista en un loable esfuerzo por contribuir al progreso humano y a la
cohesión social, se juega a un juego
perverso de aparente renovación que consiste paradójicamente en alentar la
originalidad renunciando al estilo, por la conveniencia de distinguirse a
través de la recuperación de lo ya representado. Si es una redundancia afirmar
que en la sociedad de masas el artista se revela como un sujeto desyoizado,
entonces la connotación de estilo en cuanto unidad, modo inequívoco o tono
personal es a todas luces un arcaísmo y tal revelación en la búsqueda
individual de conocimiento no podría dar lugar a otras posibilidades que no
fueran una cadena de patrones asimilados que a modo de portadores de tendencias
parecen sucederse en el marco de la productividad artística. Este flaco favor a
la impostura como adhesión al monopolio de lo estético, que aspira al logro del
momento en una realidad cambiante, no hace sino penalizar la falta de
originalidad de un artista, en lo referente a su condición de ‘nuevo’, no
cuando la imitación de tipologías se hace visible en su obra, casos en los que
el arte es modelo del arte o el arte del software recurre a la
tipificación de modelos o códigos en su recreación, sino cuando en su trabajo
pueden coexistir, por ejemplo, maneras diversas que puedan hacer pensar
curiosamente en un lenguaje falto de personalidad, incoherente, ‘poco pulido’,
no aportador o incluso ‘retro’. Es por tanto responsabilidad de los espacios de
producción y difusión cultural compartir la tutela de un lenguaje automatizado,
autocomplaciente en la desafección, por ser considerado instrumentalmente
innovador o fresco, si se prefiere, en el estado del arte, aún cuando la
fórmula ya inventada, no provoque sorpresa alguna pero continúe siendo
deliberadamente funcional en su especificidad progresista. Asimismo, en el acto
de selección, cualquier variante estratégica en la disposición de un producto
en el mercado podría transfigurar, a pesar de su inmanencia, el significado del
mismo e incluso garantizar su éxito comercial si, como todo lanzamiento
calculado, siguiera un protocolo de actuación que no olvidase incluir un
etiquetado de referencias alusivas que resultaran decodificables para un ávido
consumidor, quien en último término, contribuye a garantizar su resonancia. De nuevo, los envites caprichosos de la oferta y
la demanda en el eje de un movimiento direccional impulsado por los resultados,
la competitividad, la rentabilidad y el reconocimiento social que definen
inexorablemente las relaciones de producción capitalista como valor de cambio.
En este monopolio donde se ha dado muerte al sujeto y a la representación, en
pro de un marcado interés por ‘democratizar’ el acceso y disfrute del arte por
encima de todo, los museos de arte cotizado, en su labor de fideicomisarios
culturales, tienen a bien legitimar producciones individuales como referentes
de ‘creaciones artísticas originales’ a través de la excelencia de los
maestros; aquellos que como Antonio López (Tomelloso, 1936), resistiéndose a
ser cosificados o expropiados de su impulso creativo, y guiados por una visión
cada vez más en desuso, defendieron con su forma de proceder, la libertad como
fuente máxima de creatividad y revelación. Es curioso que sólo en estos casos
significativos, el dominio de la técnica y la importancia del proceso creativo
vuelvan a cobrar relevancia como valor de uso en la industria cultural, pasando
incluso por delante del principio único de osadía y devolviendo al artista,
como virtuoso, el mérito de su maestría.
Volvamos pues
a ese espacio remoto.
Con motivo de la recién inaugurada exposición de la
obra de Antonio López en el Museo Thyssen de Madrid, el pintor Luis Gordillo
alude a una especie de inquietud constante por parte del pintor de querer
‘absolutizar el tiempo’ en su obra. Una observación que en mi opinión es muy
acertada y que se puede apreciar en sus obras más tempranas (1953-1965) donde
la revisión de la tradición artística (clasicismo griego, Cézanne, Picasso,
Dalí) es más evidente.
Sugestionado por dar luz a lo desapercibido en un
intento por acercarse a la verdad y revelar el misterio con una evocación
figurativa de corte realista, si hay algo en lo que parece que Antonio López ha
centrado su atención durante el transcurso de su actividad artística es en la
captura del tiempo como realidad independiente. Es en este encuentro del pintor
con el tiempo y la física de la luz donde se produce una alteración en el
estado natural de las cosas, confiriendo al objeto extraído de su cotidianeidad
una atmósfera imperecedera e inerte más propia del género del bodegón o de la
naturaleza muerta. Su concepción del cambio no está motivada por el movimiento
como reflejo del transcurrir del tiempo, sino contrariamente, por la quietud en
el espacio como tiempo absoluto, sin la interferencia presencial de testigos.
Es en este relacionar con el concepto bergsoniano de tiempo numerado o espacio
que la tierra ocupa en su trayectoria alrededor del sol como fase en tiempo
real, donde metafóricamente, el espectador podrá, solo a través del recorrido
por las diferentes obras del autor, yuxtaponer el espacio sin tiempo de cada
obra experimentada y vivenciar en una recomposición total, el fluir del tiempo
medible como proceso psíquico relativo para cada individuo. Por el camino de
ida y vuelta que Antonio López recorre hasta detenerse en una obra, el
espectador podrá preguntarse qué ha dejado atrás, qué ha olvidado de sus
antecesores (si ha olvidado algo) y qué puntos de vista nuevos ha aportado como
pintor realista en la historia del arte.
miércoles, 16 de febrero de 2011
Dos Criterios bajo un mismo techo
Publicado en www.aaaaarte.com
Eva Armisén, artista visual oriunda de Zaragoza (1969)
expone del 16 al 20 de febrero en la
feria Art Madrid, en el Palacio de Cristal de la Casa de Campo. Recientemente
pudimos ver su obra en la Galería Arana Poveda, también en la capital, bajo el
título “Una cabeza sembrada”.
martes, 8 de diciembre de 2009
Matisse, el pintor expresivo
Publicado en www.arteycritica.org
La muestra inaugurada en el Museo
Thyssen-Bornemisza el pasado 9 de junio en Madrid titulada “Matisse 1917-1941”
reúne 74 obras del pintor entre pinturas, esculturas, litografías y dibujos
realizados entre los años 1917 y 1941.
Ante la imposibilidad de reunir toda la obra de Matisse o al menos una retrospectiva más amplia- según afirmó el comisario de la exposición Tomás Llorens- nos encontramos ante una muestra de factura bastante homogénea y con una mayor presencia del trabajo realizado en la década de los años veinte.
Cualquier exposición sobre Matisse, considerado junto a Picasso uno de los pintores más importantes del S.XX, asegura con creces la afluencia de público. No obstante, el museo, a sabiendas de la parcialidad de la muestra, ha intentado compensar dicha carencia con un recorrido dividido en atractivos capítulos que sugieran en contraste una mayor diversidad formal, como si se tratase de una retrospectiva más completa del artista. Frente a la idea de ordenar las obras estrictamente por fechas o temática, lo que podría resultar en un caso u otro menos vistoso, las obras están organizadas sin una directriz clara: los cuadros más tempranos con escenas de interiores y exteriores, las obras más “ornamentadas” con algunos saltos cronológicos, aquellas obras donde supuestamente Matisse vuelve a incidir en el dibujo y en la esencialidad de la línea, y por último, una mezcolanza de pinturas y dibujos fechados entre 1935 y 1941-43 bajo el título “Une sonore, vaine et monotone ligne”.
Asimismo, a pesar de su mayor relevancia como pintor, la poca
representatividad de linografías y litografías recogidas (“Odalisca con
pantalón de rayas” de 1925), la presencia aislada de algunas obras como
“Desnudo IV”, relieve escultórico de la serie de cuatro que el artista realizó
entre 1909 y 1930, así como la ausencia de ejemplos de la técnica de los
papeles coloreados que ya iniciara en los años treinta y que perfeccionó en la
última década de su vida, adolece el trabajo de Matisse, no sólo en estos años
sino en toda su dimensión artística, máxime cuando estamos hablando de un
artista inconformista que experimentó con otras técnicas con el fin de
encontrar respuesta a los problemas plásticos que le planteaba la
pintura, ya que podía retocar un cuadro a lo largo de un año por su necesidad
de reconocerlo expresivamente.
Es posible que esta habitual redefinición del trabajo por parte del pintor haya dificultado la labor del comisario de la exposición de establecer una secuencia más coherente con el conjunto y en consecuencia haya preferido dilatar estos veinticuatro años centrales de la vida del pintor como excusa para explicar toda su evolución artística, apoyándose más en los epígrafes explicativos y en los comentarios extrapolados del propio Matisse, que en las propias obras de la muestra. De este modo, existe en todo momento una necesidad por parte de la organización del museo de exaltar y dignificar esta “etapa” del pintor a través de cierta elipsis de contenido, que da lugar a cuestionar la consistencia de algunas afirmaciones, así como el logro en una recomposición visual fidedigna sobre el artista. En este sentido, Guillermo Solana, conservador del museo, con motivo de la inauguración de la exposición afirma: “en estos años centrales de su carrera, el artista ya tenía pleno dominio de sus recursos”. En contraposición, así se refería el propio Matisse en una carta dirigida a Pierre Bonnard el 13 de junio de 1940: “Me siento paralizado por no se qué de convencional que me impide expresarme como yo quiero en pintura. Mi dibujo y mi pintura se separan. [...] Encontré un dibujo que, después de estudios analíticos, tiene la espontaneidad que me descarga totalmente de lo que siento; pero este medio es exclusivamente para mí, artista y espectador. Pero un dibujo de colorista no es una pintura. Habría que hacer un equivalente en color. Es a eso a lo que aún no llego.”
La
muestra parte de 1917, año en el que Matisse conoce a Renoir y se traslada a
Niza. Se ha señalado esta fecha como el comienzo de una etapa más intimista por
abandonar el gran formato, pero en cuanto a la elección de sus temas seguirá
vinculado a la tradición pictórica; el paisajismo, el desnudo femenino, la
ventana y la mujer dormida, servirán de excusa para el estudio de la figura, no
sólo a través del dibujo sino también del color. Ya desde sus inicios con el
movimiento fauve, se reconoce en él una clara influencia de la pintura francesa
(Gros, Delacroix, Ingres, los impresionistas, los post-impresionistas, Cézanne)
en su preocupación por el color como elemento independiente de expresión, pero
ya no en un sentido efímero como en el caso de los impresionistas, sino como un
recurso de vital importancia para crear relaciones de parentesco a partir de un
criterio personal. Matisse otorga al observador actual la posibilidad de
identificarse con su trabajo y de sentirse cómodo ante una pintura apacible,
vivificada y hasta cierto punto cargada de clasicismo.
La muestra inaugurada en el Museo
Thyssen-Bornemisza el pasado 9 de junio en Madrid titulada “Matisse 1917-1941”
reúne 74 obras del pintor entre pinturas, esculturas, litografías y dibujos
realizados entre los años 1917 y 1941.Ante la imposibilidad de reunir toda la obra de Matisse o al menos una retrospectiva más amplia- según afirmó el comisario de la exposición Tomás Llorens- nos encontramos ante una muestra de factura bastante homogénea y con una mayor presencia del trabajo realizado en la década de los años veinte.
Cualquier exposición sobre Matisse, considerado junto a Picasso uno de los pintores más importantes del S.XX, asegura con creces la afluencia de público. No obstante, el museo, a sabiendas de la parcialidad de la muestra, ha intentado compensar dicha carencia con un recorrido dividido en atractivos capítulos que sugieran en contraste una mayor diversidad formal, como si se tratase de una retrospectiva más completa del artista. Frente a la idea de ordenar las obras estrictamente por fechas o temática, lo que podría resultar en un caso u otro menos vistoso, las obras están organizadas sin una directriz clara: los cuadros más tempranos con escenas de interiores y exteriores, las obras más “ornamentadas” con algunos saltos cronológicos, aquellas obras donde supuestamente Matisse vuelve a incidir en el dibujo y en la esencialidad de la línea, y por último, una mezcolanza de pinturas y dibujos fechados entre 1935 y 1941-43 bajo el título “Une sonore, vaine et monotone ligne”.
Asimismo, a pesar de su mayor relevancia como pintor, la poca
representatividad de linografías y litografías recogidas (“Odalisca con
pantalón de rayas” de 1925), la presencia aislada de algunas obras como
“Desnudo IV”, relieve escultórico de la serie de cuatro que el artista realizó
entre 1909 y 1930, así como la ausencia de ejemplos de la técnica de los
papeles coloreados que ya iniciara en los años treinta y que perfeccionó en la
última década de su vida, adolece el trabajo de Matisse, no sólo en estos años
sino en toda su dimensión artística, máxime cuando estamos hablando de un
artista inconformista que experimentó con otras técnicas con el fin de
encontrar respuesta a los problemas plásticos que le planteaba la
pintura, ya que podía retocar un cuadro a lo largo de un año por su necesidad
de reconocerlo expresivamente.Es posible que esta habitual redefinición del trabajo por parte del pintor haya dificultado la labor del comisario de la exposición de establecer una secuencia más coherente con el conjunto y en consecuencia haya preferido dilatar estos veinticuatro años centrales de la vida del pintor como excusa para explicar toda su evolución artística, apoyándose más en los epígrafes explicativos y en los comentarios extrapolados del propio Matisse, que en las propias obras de la muestra. De este modo, existe en todo momento una necesidad por parte de la organización del museo de exaltar y dignificar esta “etapa” del pintor a través de cierta elipsis de contenido, que da lugar a cuestionar la consistencia de algunas afirmaciones, así como el logro en una recomposición visual fidedigna sobre el artista. En este sentido, Guillermo Solana, conservador del museo, con motivo de la inauguración de la exposición afirma: “en estos años centrales de su carrera, el artista ya tenía pleno dominio de sus recursos”. En contraposición, así se refería el propio Matisse en una carta dirigida a Pierre Bonnard el 13 de junio de 1940: “Me siento paralizado por no se qué de convencional que me impide expresarme como yo quiero en pintura. Mi dibujo y mi pintura se separan. [...] Encontré un dibujo que, después de estudios analíticos, tiene la espontaneidad que me descarga totalmente de lo que siento; pero este medio es exclusivamente para mí, artista y espectador. Pero un dibujo de colorista no es una pintura. Habría que hacer un equivalente en color. Es a eso a lo que aún no llego.”
Quizás por ello, durante estos años la crítica más
vanguardista le tildó de aburguesado y de estar más acorde con el gusto oficial
tradicionalista; su pintura de carácter figurativo con tendencia a recrear un
ambiente familiar y pacífico entroncaba con otro sector de la vanguardia
europea (Picasso, Mondrian, De Chirico, Magritte, Miró...) con tendencia a
descomponer la figura en una visión aparentemente más abstracta o simbólica en
aras de un arte nuevo que emergiera en esos años convulsos de la posguerra. En
este sentido, las obras de Matisse durante este período permanecieron inmunes a
algunas corrientes próximas, como podía ser el surrealismo que comenzó en París
en 1924 con la publicación del “Manifiesto surrealista” de André Breton,
demarcándose como un pintor reconcentrado sin influencias formales pero de gran
coherencia estilística y con una prospección artística más relacionada con su
propia integridad personal que con la idea
de satisfacer cualquier otra demanda.
Cuando uno contempla el legado de Matisse con toda la información de que
dispone, ve en él a un revolucionario que simplificó la plástica a través de
sus propios recursos interpretativos, desarrollados mediante años de
observación, trabajo, espera e intuición. Lo que salta a la vista, es una
pintura expresiva fruto de un intento vital por armonizar dibujo, color y
sentimiento, como única verdad esencial. Para el público de hoy su obra posee
cualidad emotiva en competencia a algunos modos actuales de comunicación visual
donde la imagen publicitaria, la video-instalación o el arte interactivo no
hacen sino abrir brecha en un arte actual cada vez más despersonalizado.
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